domingo, 19 de noviembre de 2017

LA CANCIÓN DE AQUILES: MADELINE MILLER



Dioses, héroes y hombres en un mundo aparentemente gobernado por el Destino. La más grande epopeya de nuestra civilización sigue presente hoy más que nunca.

El joven príncipe Patroclo mata por accidente a un muchacho. Repudiado por su padre, es exiliado al reino de Ftía, donde lo acoge el rey Peleo, un hombre bendecido por los dioses, inteligente, apuesto, valiente y reconocido por su piedad. Tanto que se le concedió el más alto honor, la posibilidad de engendrar un hijo con una diosa: Aquiles.

Aquiles es fuerte, noble, luminoso. Patroclo no puede evitar admirar hasta el último de sus gestos; su belleza y perfección hacen que sea incapaz de contemplarlo sin una punzada de dolor. Por eso no se explica que Aquiles lo escoja como hermano de armas, un puesto de la más alta estima que lo unirá a él por lazos de sangre y lealtad, pero también de amor. Así emprenden juntos el camino de la vida, compartiendo cada instante, cada experiencia, cada aprendizaje y preparándose para el cumplimiento de una profecía: el destino de Aquiles como mejor guerrero de su generación.



Me encanta la mitología griega. Tal vez tenga que ver con el hecho de que cuando era niña era admiradora de Los caballeros del Zodiaco o que me obligaran a leer La Ilíada y La Odisea en el colegio; cualquiera sea el caso, disfruto mucho leer todo lo que cae en mis manos relacionado con el tema. Hace unos meses me recomendaron La canción de Aquiles; una amiga me aseguró que era una lectura maravillosa y tomé nota mental porque Patroclo es un personaje que siempre he encontrado muy interesante y al que se explota poco. Entonces, cuando al fin pude hacerme con el libro hace unas semanas, no lo pensé dos veces para ponerme con él y lo he disfrutado mucho más de lo que esperaba, tanto que seguro lo mencionaré entre mis libros favoritos del año. Me he visto envuelta en una narración preciosa que incluso me ha conmovido al punto de derramar algunas cuantas lágrimas, cosa rarísima en mí, que no lloro con facilidad con mis lecturas. 

La canción de Aquiles es, por encima de todo, una historia de amor; un amor enorme y hermoso que se desarrolla a lo largo de la novela de una forma entrañable. Patroclo es el elegido para narrar esta historia en primera persona, lo que me pareció un acierto porque gracias a eso lo conocemos pronto como un ser humano sencillo, honorable y en extremo vulnerable; estas características no solo nos permiten empatizar inmediatamente con él, sino que aunadas a su natural candidez y nobleza nos retrata a los otros personajes de la historia de una forma muy honesta. Es así como se nos presenta a Aquiles en primer lugar, cuando Patroclo lo conoce siendo solo un niño que vive con un padre cruel y una madre frágil apenas consciente de su existencia. Allí, el pequeño príncipe contempla al ya impresionante Aquiles, todo lo que él no es o cree que será. Este, además de hermoso y con un linaje extraordinario, hijo de un rey y de una deidad, es también gallardo y valiente; tanto que despierta su envidia y admiración. Pero es solo cuando Patroclo debe dejar su hogar acusado de la muerte accidental de otro niño y se convierte en un exiliado en la corte del padre de Aquiles, en Ftía, que lo conoce en verdad.



La relación de Patroclo y Aquiles es narrada de una forma maravillosa, del todo creíble y humana, al grado que resulta conmovedora por su inocencia. En un inicio Patroclo se muestra desconfiado y asustado por todo este gran mundo de guerreros que se devela ante él sabiendo, además, que no puede estar más fuera de lugar, pero pronto hace buenas migas con Aquiles y se convierte en su mejor amigo; es esta amistad la que da inicio a su gran historia de amor. El entrenamiento a manos del  centauro Quirón y los continuos enfrentamientos con Tetis, la madre de Aquiles, así como la relación de Patroclo con sus complejos y su pasado, son también aspectos cruciales que influyen mucho en su relación. 

El estilo de la autora es sencillamente precioso; envuelve al lector haciéndolo parte de la historia con una calidez y dulzura impresionantes que reflejan en gran parte la naturaleza de Patroclo. No todo es amor, sin embargo, porque la narración del arco principal de la historia va de la mano con los acontecimientos que se suceden para llegar al gran evento al que el destino parece decidido a llevar a todos los personajes; La Guerra de Troya. Desde el momento en que Helena elige a Menelao; la intervención de Ulises en el asunto; la fuga de Helena y Paris, la declaración de guerra, el llamado de los héroes y el largo camino a Troya, con mucho énfasis en los años de asedio a la ciudad... todo, absolutamente todo tan bien retratado y con una prosa tan sublime que, te guste o no la historia griega, no puedes evitar enamorarte de la historia. El crecimiento de los personajes, en particular el de Patroclo, es estupendo; lo vemos pasar de ser un muchachito asustadizo y perdido en el mundo a convertirse en un hombre más maduro e íntegro dispuesto a hacer cualquier cosa por lo que considera correcto aún cuando esto signifique a veces hacer a un lado su adoración por Aquiles. Y en cuanto a él, Aquiles, tengo que confesar que nunca ha sido santo de mi devoción; no soporto la soberbia y él la tiene a raudales, pero aquí la autora ha procurado imprimirle un tono más real que lo humaniza; además, su devoción por Patroclo enternece y resulta complicado odiarlo. Otro personaje del que he disfrutado mucho leer ha sido Ulises, mi favorito en todo este tinglado. El final es magnífico y aun cuando quien conoce la historia sabe que no tendrá precisamente un final feliz, no puedes evitar que el corazón se te haga cachitos porque es así de duro y conmovedor; pero tiene también un aire casi mágico que te ayuda a sobrellevarlo y a valorar el amor verdadero, incluso más allá de la muerte. 

Creo que es obvio cuánto me ha gustado esta historia, así que la recomiendo encarecidamente a todo el mundo; vale muchísimo la pena.


domingo, 5 de noviembre de 2017

EL TESTAMENTO DE MARÍA: COLM TÓIBÍN



En este relato sobrecogedor Colm Tóibín da voz a María, una mujer desgarrada que, tras la violenta muerte de Jesús, rememora los extraños y convulsos acontecimientos que le han tocado en suerte. Aquí quien habla no es virgen ni diosa, sino una madre judía, ciudadana de un extremo del imperio romano donde aún alientan ritos helénicos, convencida de que su hijo se ha dejado corromper por nefastas influencias políticas.

Sola y exiliada, nostálgica de su marido y de una época de calma y seguridad que de pronto quedó destruida por la implicación de Jesús en disturbios, aparentes sanaciones milagrosas y confabulaciones que acabaron con la crucifixión del hombre que había llevado en sus entrañas, María recuerda y habla.

Con extraordinario virtuosismo y admirable capacidad dramática, Colm Tóibín compone a lo largo de estas páginas un verdadero stabat mater contemporáneo, lleno de luz y dolor, un lamento que nace de la tradición y llega hasta nuestros días.



Hoy vengo con la reseña de un libro muy breve, pero poderoso. El testamento de María cayó a mis manos casi por casualidad y decidí leerlo porque ya conocía la pluma del autor, Colm Tóibín, a quien leí por primera vez en su obra Brooklyn, que me encantó, y fue un acierto probar de nuevo con él porque este pequeño libro me ha gustado tanto como aquel. 

Una de las particularidades de Tóibín, creo, que leí alguna vez en la contraportada de una de sus novelas, es que tiene la capacidad de sumergir al lector en la conciencia de los personajes que retrata en sus historias de una forma muy profunda. Lo experimenté con la protagonista de Brooklyn, y me ha vuelto a ocurrir ahora al leer esta versión de la historia de María, la madre de Jesucristo. El testamento de María es, como les comentaba, una historia muy corta y consigue retratar en pocas páginas los recuerdos de María cuando se ha retirado a vivir aislada luego de la muerte de su hijo. Ella se sumerge en sus recuerdos y nos lleva en un viaje muy personal en el que intenta de alguna forma reconstruir los momentos más importantes de su vida junto a Jesús. En realidad, y este es un punto bastante importante que he sentido al leer el libro, esta no es la historia de la madre de este personaje extraordinario a quien se le considera hijo de Dios o un gran profeta. No, esta es la historia de una madre con el corazón destrozado de pena por haber perdido a su hijo y no haber podido hacer nada por salvarlo; incluso, reniega de sus ideales y de aquellos que lo seguían porque considera que nada lo que hizo valió la pena. 

Para un creyente puede parecer un poco difícil el leer una historia abordada desde esta óptica, pero creo que Tóibín, quien es un católico practicante al tiempo que un reconocido académico, tiene la capacidad de hilvanar este relato con mucho temple y viendo todo el panorama sin que sus creencias o prejuicios le nublen el juicio. Su forma de narrar es hermosa, sencilla y consigue envolver a lector de modo que parece como si María nos desnudara sus más íntimos recuerdos al oído. Pienso que es un libro que vale mucho la pena; por lo interesante del tema en sí, y sobre todo por disfrutar de la pluma de un autor estupendo al que si no han leído aún recomiendo mucho.