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Tras muchos años de abandono, la destartalada y ruinosa mansión de Wildfell Hall es habitada de nuevo por una misteriosa mujer y su hijo de corta edad. La nueva inquilina -una viuda, al parecer- no tarda, con su carácter retraído y poco sociable, sus opiniones a menudo radicales y su extraña triste belleza, en atraerse las sospechas de la vecindad, y a la vez la rendida admiración de un joven e impetuoso agricultor. Pero la mujer tiene, en efecto un pasado... más terrible y tortuoso si cabe de lo que la peor de las murmuraciones es capaz de adivinar.

Cuánto talento en una sola familia... Es lo primero que me viene a la mente cuando pienso en las hermanas Brontë (y no menciono a Branwell porque si bien sé que fue brillante, en realidad conozco poco de su obra). Charlotte y su inmortal Jane Eyre; Emily y la poderosa Cumbres Borrascosas. Y Anne, la más joven, quizá de la que menos se sabe, que nos legó dos novelas extraordinarias, ambas ya clásicos de la literatura, Agnes Grey y La inquilina de Wildfell Hall.
Algo que se menciona con frecuencia respecto a la escritura de las hermanas Brontë, es que parecían imprimir sus propias experiencias en sus creaciones y no es de extrañar, porque pese a gozar de vidas muy breves y marcadas por la tragedia, tenían un mundo interior único, el mismo que compartían con emoción. Es conocido que las hermanas escribieron y publicaron poemas con seudónimos, los mismos que en su momento no fueron muy bien recibidos, pero ello no les afectó ya que siguieron con sus proyectos personales.
En el caso de Anne, al leer acerca de su historia, muy corta ya que falleció antes de los treinta años, es muy sencillo darse cuenta de que volcó sus experiencias en sus obras. Debido a que en casa no tenían una situación financiera estable, debió emplearse muy joven de institutriz con algunas amargas experiencias que la inspiraron a escribir Agnes Grey. Algo similar ocurrió con La inquilina de Wildfell Hall, ya que el tema central de la obra es la forma en que esa atroz enfermedad que es el alcoholismo puede afectar a quien la padece y a quienes le rodean. Es conocido que Branwell, su adorado hermano, aunque brillante, se mostró siempre débil y de carácter impredecible, con una abierta inclinación a la bebida y el opio, que se agravó luego de una decepción amorosa.

La inquilina de Wildfell Hall fue una obra que golpeó bastante a la sociedad de su época; incluso Charlotte la criticó, por considerarla "poco apropiada" como literatura femenina al tratar un tema tan delicado y que entonces apenas se mencionaba, por tangible que fuera, tal y como ocurre en la actualidad. Pero Anne mostró un coraje extraordinario al retratar con tanta crudeza y entereza la vida de Helen, esa mujer que se presenta como una joven viuda al lado de su pequeño hijo y ocupa la abandonada Wildfell Hall, con la esperanza de construir una vida serena para el niño. La novela es epistolar, en tres partes, dos de ellas narradas por el joven Gilbert Markham, el honesto granjero que se muestra fascinado por la extraña y enigmática inquilina de la propiedad vecina, y la otra nos es presentada por la misma Helen, que en sus cartas nos da a conocer el infierno en vida que le tocó vivir.
Es imposible no sentir una profunda impresión al conocer la historia de Helen, por muchos motivos. Aunque puede resultar impresionante que una mujer joven decidiera casarse con un hombre como Arthur, el que sería su marido, pese a conocer sus muchos defectos, con la esperanza de que su amor le cambiaría, una idea ingenua, no deja de inspirar también mucha admiración. Helen es una mujer tan creyente, de una religiosidad a rajatabla y tan aferrada a sus principios y lo que considera una conducta honesta, que conmueve. Es más, queda claro que de no haber sido por el espanto que le provocaba la posibilidad de que su niño creciera con el ejemplo del padre, se hubiera quedado a su lado sin chistar. Quizá vistos desde fuera, y desde la comodidad que da el tiempo y la distancia, sus actos nos resulten un poco exagerados, pero es importante ubicarse en la época y las circunstancias para apreciarlos en su justa medida.
"A los hombres idiotas y a los réprobos nunca les faltarán compañeras mientras haya tantas mujeres que los igualen; pero tú sigue mi consejo"
Este es un retrato crudo, sin florituras ni detalles a fin de endulzar las más difíciles situaciones que una mujer de aquel tiempo vivió y que comparte sin presentarse como una víctima o lamentarse de su destino. Por medio de la pluma ágil y honesta de Anne Brontë conocemos la historia de una increíble mujer, toda fortaleza y entereza, a quien no se puede menos que respetar y a quien le deseamos, durante todo el tiempo que le acompañamos en su historia, el final feliz que merece, o tan feliz como puede ser para quien conoce de tantos horrores tan pronto.
En estos tiempos, en el que el rol de la mujer, el respeto por sí misma, y el valor que hace falta para denunciar los abusos y aún más, rebelarse ante ellos, está tan en el tapete, vale mucho la pena darle una mirada a este clásico de la literatura. Si Anne Brontë lo tenía tan claro en la difícil época que le tocó vivir, no podemos ser menos.